© 2019 Rubén Jordán Flores

La música de la sabiduría

May 18, 2018

La música es la materia prima del universo. El agua de Tales de Mileto no sería principio ni origen sin el rumor que la vivifica. El aire de Anaxímenes no colmaría las rendijas de la sangre ni el frío de los espejos sin los silbos que lo anima. La indefinición maleable o ápeiron de Anaximandro no generaría la carne de la vida sin los crujidos que la estimulan. El movimiento tenaz de Heráclito se embalsaría en una pausa de ceniza sin el susurro que lo vigoriza. La razón matemática de Pitágoras sería una polémica hueca sin el diapasón que la encadena. La música es el fiat de las palabras y el buril de la realidad: toda intuición, toda estética, todo pensamiento y toda ciencia brota en medio de melodías primordiales.

Si Agustín de Hipona hubiera realmente dicho que, quien reza cantando, reza dos veces, tendría razón, porque, quien habla, vacila, pero, quien canta, emprende la vida con sosiego. La música añadirá a sus palabras un artesonado de esperanzas, convicciones y alguna certeza. La tradición musical valencia es una buena prueba de ello: este pueblo es un inmenso pentagrama que convoca y renueva su historia y sus generaciones con la ligazón de los sonidos. Un esqueje de ese patrimonio ha surgido en tierras de Alicante. Hablo del joven compositor, director e intérprete Rubén Jordán Flores (1987), formado en Alicante y Córdoba y discípulo de Ricardo Llorca, profesor en The Juilliard School of Music de Nueva York.

La principal característica de Jordán es su versatilidad, es decir, su capacidad para conciliar lo que parece contrario. Conecta así con aquella armonía del cosmos, con la que los griegos explicaban la avenencia de los cuerpos celestes y las proporciones del alma del mundo. Rubén Jordán, que bebe de esta tradición, ha conseguido que su música suene a salmo, cuando se convierte en escala de Jacob detrás de las principales imágenes devocionales de España; o que recame las sólidas palabras de la poesía, cuando acompaña los textos de Antonio Gala; o que transforme la retina en sede de todos los sentidos, cuando sus notas ciñen discursos televisivos o cinematográficos.

A la música de Rubén Jordán se le puede aplicar aquella conocida tripartición que hemos heredado del libro que Boecio escribió sobre los fundamentos de la música. Este autor romano diferenció entre la música de las esferas, la música humana y la música instrumental, o lo que es lo mismo, entre armonía celeste, concordia interna del ser humano y consonancia entre instrumentos. Esa es la música de la sabiduría: la que aflora para rehacer el mundo y deleitar la vida hermanando las diferentes texturas de la creación. Rubén Jordán es un sabio de la música, porque sus obras afinan las voces que vienen de arriba y acompañan la conciencia, la memoria y las entrañas humanas.

Marco Antonio Coronel Ramos

Profesor de Filología Latina, Universidad de Valencia

La teatralidad de la música

December 02, 2016

Hay en la obra de Rubén Jordán una incontestable intención plástica y es esa característica lo que unifica toda su obra. Cualquiera que deseé acercarse a la música de este joven compositor observará que su atención aparece dividida principalmente en dos vertientes musicales, en apariencia incompatibles, como son la música religiosa y la cinematográfica o televisiva. Sin embargo, todas sus composiciones están revestidas de la misma necesidad teatral, de la misma narratividad casi literaria e incluso en ocasiones poética y mística. No es de extrañar que se acerque a la poesía con proyectos como Miro a mi corazón, donde sus creaciones bailan con los poemas de Antonio Gala y al mismo tiempo los introducen en una dramatización donde la música y la palabra casi son visibles.

 

Las melodías compuestas por Rubén Jordán son una música completa que juega con los sentidos e invita a ser completada con imágenes, olores y sabores, que marida tanto con la mística procesional como con el ritmo frenético cinematográfico o la literatura. En resumen: que marida con la vida. 

María Zaragoza,

escritora

"Miró a mi corazón…" es el título de este disco, compuesto por Rubén Jordán Flores

November 30, 2016

No pocos escritores acompañan las horas de soledad y los derroteros de sus proyectos artísticos con música de toda clase. Y seguro que tampoco faltarán aquellos que se encuentren, entre letra y letra, fantaseando con cuál podría ser el sonido más adecuado para su trabajo. ¿Qué haría falta para que un autor obtuviera la banda sonora que mejor se adaptase a sus escritos, a aquello que le ha exigido largos periodos de su vida para verse concluido? ¿Acaso tendría el escritor que ser también compositor? ¿Precisaría de una segunda persona que supiera identificar con acierto el origen y la razón de cada coma, punto y adjetivo? Pues la música es un lenguaje que cala en lo más hondo del alma. Y si ese lenguaje se encontrara hablando de lo propio, de lo que ha nacido en los secretos oasis de la mente de un escritor, pero acompañado de alguna incorrección, barbarie o melosidad innecesaria, ¿no habría de doler doblemente en ese espíritu sensible encontrarse con que el fruto de su esfuerzo se ha visto malogrado en el lenguaje más perfecto jamás imaginado, la música?

Bien, ahora imaginemos cómo de bien debería conocer un músico a un autor, poeta, dramaturgo o novelista, para ser capaz de colocar con acierto corcheas y semicorcheas, mandar silencios al pentagrama o decir a las claves cuando son sol y cuándo no. Un compositor con la habilidad suficiente para ordenar a violas, violines, violonchelos y contrabajos interpretar con tino los pesares y las alegrías, los recuerdos e invenciones que recorrieron los pensamientos del escritor a lo largo del nacimiento de su obra.

Pero dejemos por un momento de lado al compositor y centrémonos ahora en el autor; digamos que poeta. No sería correcto que se diera tan bella voz a un escritor cualquiera, a alguien que trabajase sobre mentiras, desatinos y asuntos de escasa importancia.

Digamos entonces que el poeta, el poeta de nuestro planteamiento, cuenta con un reconocimiento más que merecido, que se sustenta, además, sobre los cimientos de la experiencia y el sentimiento verdadero. Digamos, finalmente, que ese poeta es Antonio Gala.

Y, ya que hemos comenzado con los nombres, presentaré al compositor como Rubén Jordán Flores.

No es frecuente encontrar en el mundo de la música composiciones musicales dedicadas en exclusiva a reflejar las palabras de un poema. Y menos frecuente aún es encontrarse con una edición que refleja fielmente los sentimientos y recuerdos que hicieron una sola vez el endeble camino entre la mente del poeta y el extremo de su pluma.

El proyecto, interpretado por la Camerata Capricho Español, ofrece a los seguidores del escritor cordobés seis de sus poemas recitados por el mismo Antonio Gala y a los que Rubén Jordán Flores puso música durante los nueve meses que duró su estancia en la Fundación Antonio Gala.

El CD contendrá los poemas "Miró a mi corazón", "No por amor", "Nadie mojaba el aire" y la "Sinfonía de los Jazmines" (I Sierra de Córdoba, II Medina Azahara y III Mezquita de Córdoba).

Cuando uno ha podido asistir a un proyecto creativo de tal intensidad y que ha llevado unida tanta ilusión no puede sentirse sorprendido al comprobar que, efectivamente, el espíritu del compositor ha sabido identificar las sordas palabras que susurraba la inspiración al oído del poeta en cada uno de los momentos en los que escribió estos versos ahora inmortalizados, mejor que nunca, con música.

Se aúnan en un disco el gusto del saber hacer, los nueve meses de “curación” en el convento del Corpus Christi donde la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores tiene su sede, y esa ilusión, única y sincera, con la que el escritor cordobés recibe a todos sus residentes, recitando el verso del “Cantar de los cantares” “pone me ut signaculum super cor tuum”, ponme como un sello sobre tu corazón. Y de eso sello y unión inseparable ha nacido “Miró a mi corazón…”. Espero que lo disfruten.

E.J Loba,

escritor

"Bajo tu Amparo": Una oración hecha canto por Rubén Jordán Flores

November 30, 2016

Recientemente, la Real, Venerable e Ilustre Hermandad de Nuestra Señora del Amparo, a la que agradezco esta invitación, ha gozado el estreno de una pieza singular dentro de su patrimonio artístico. La pieza musical "Bajo tu amparo", a la que ha puesto melodía el maestro alicantino Rubén Jordán Flores, es la última tesela del mosaico incomparable que compusieron, entre otros muchos, José María Lucena (autor de un Ave María y Gloria para el Rosario en 1802), Antonio Solís y Buenaventura Íñiguez (que obraron una hermosa Salve y dos Responsorios de Maitines), Joaquín Turina y Gómez Millán (autores de las Plegarias y el Alabado, así como Peralto, Castillo y Pedro Morales, que llevaron a cabo varias marchas procesionales para la patrona de la feligresía magdaleniense.

La obra de Rubén Jordán para la hermandad del Amparo, que comprende la marcha procesional "Bajo tu Amparo", la Misa "Reffugium Peccatorum" para coro y orquesta, el canto "Sub Tuum praesidium", que sirve de introito a dicha misa aunque fue compuesto con anterioridad y esta nueva plegaria, con el mismo título de la antedicha obra de procesión, actualiza tan egregio repertorio, completando con el trabajo de autores contemporáneos la lista de compositores de altísimo prestigio que sirvieron a la Virgen del Amparo.

Rubén Jordán, en tan sólo tres años, ha conseguido abarcar los tres géneros más importantes dentro del patrimonio musical de una hermandad. Las marchas procesionales, por su lado, las obras para culto interno, destinadas a ser interpretadas por profesionales del canto y los instrumentos, así como las piezas populares, salidas de la voz anónima de los fieles o encargadas, ya modernamente, a compositores folclóricos que aportaron dichas obras al repertorio de las hermandades.

La plegaria "Bajo tu amparo", estrenada el pasado 26 de septiembre en la misa que cada lunes se ofrece por la tarde ante el altar de Nuestra Señora del Amparo, ha conseguido unir modélicamente tres conceptos dentro de la música litúrgica, tres aspectos dentro del canto religioso que podemos tratar con algún detalle.

Muchos estudiosos de la liturgia han afirmado con seguridad que los salmos, himnos y cánticos que encontramos en la Sagrada Escritura son las piezas musicales más antiguas propias de las celebraciones cristianas. Todas ellas, con la sistematización de la Liturgia de las Horas, se alejaron del pueblo convirtiéndose en textos para uso exclusivo de sacerdotes y religiosos, que, de forma paralela a la evolución de la música litúrgica, los fueron ofreciendo como textos para el canto gregoriano monódico y polifónico, que alcanzó su desarrollo álgido en el siglo XVI.

Estos textos, que siguieron protagonizando el ceremonial de la administración de los sacramentos, se fueron completando y equiparando a todo un aluvión de poemas y coplas que, especialmente a partir del siglo XVIII, comienzan a ambientar las celebraciones para-litúrgicas vespertinas de las hermandades, configurando el modelo de "copla de culto" que, a pesar de formar parte de la música culta, va siendo recibida cada vez más afectuosamente con el pueblo, que hace suyas esas melodías de exaltación a las imágenes de mayor devoción. Así hemos visto como a partir del siglo XIX la Virgen del Amparo fue reuniendo un repertorio propio de este tipo de piezas.

Estas piezas fueron piezas de referencia, identificativas del colectivo de hermanos que las cantaba, a su manera, evocando así los grandes momentos de la hermandad. No era necesaria una pieza distinta, y no lo fue aún después de 1973, cuando la archiconocida "Salve Rociera" de Pareja-Obregón y Rafael de León movió a muchas hermandades a encargar a los grupos más emblemáticos de ese folclore andaluz una salve en lengua materna en sintonía con las músicas populares, como había marcado el Concilio Vaticano II en sus documentos sobre la música sacra.

La Hermandad del Amparo no vio nunca adecuado encargar una composición de este tipo "aflamencado" porque distaba universos de su estilo cuidado y solemne, jamás necesitado de ese tipo de expresiones. Contaba además la corporación con una oración devotísima, el "Bajo tu amparo", una de las oraciones marianas más antiguas de la Iglesia, probablemente un tropario bizantino de los primeros siglos del cristianismo, que le servía de plegaria propia y que, cantada en latín "Sub tuum presidium", mantenía el texto original y no alteraba el texto de la Salve Regina, tanto en castellano como en español, el cual, si se cambia en algún mínimo aspecto, deja de tener uso en la liturgia. Es como si un Padre Nuestro con frases cambiadas se usara para rezar el Rosario: habría perdido su sentido.

No obstante, con sumo acierto, la hermandad ha querido que ese "Bajo tu Amparo" haya sido musicalizado por Rubén Jordán, consiguiendo la hermandad una composición de corte popular sin errar en el contenido de la letra y dejando invariable la plegaria que ha acompañado a los hermanos del Amparo desde el inicio de su historia. La partitura original, manuscrita con gran soltura y fuerza expresiva, transmite a simple vista las pretensiones de convertirse en melodía de la asamblea que invoca a la Madre de Dios.

Está compuesta en Sol M y está preparada para que voces femeninas y masculinas puedan acomodarla a su registro. Una melodía muy adaptada al compás cuaternario va desplegando la letra, cuidando de que los acentos naturales recaigan sobre los musicales, lo que facilita el aprendizaje de la misma. Es la pieza que debería interpretarse tanto a la entrada como a la salida de la procesión, permitiendo integrar a todos en la plegaria, que hasta ahora, cantada en latín, solemnizaba el ambiente pero disgregaba la atención de hermanos y fieles.

Hay que felicitar a Rubén Jordán por esta pieza y a la hermandad por haberla incorporado a su patrimonio musical, consiguiendo esa popularización del canto a la que nos invitan las instrucciones conciliares. Nunca es tarde, y habiendo reposado y amasado bien lo que al respecto indicaban dichas instrucciones, ha invitado a Rubén Jordán, un maestro sensibilísimo y fecundo, a que ponga música a una de las oraciones marianas más hermosas. Todo un acierto para el compositor y la hermandad, a la que animamos a no abandonar el uso de esta plegaria como leitmotiv musical de sus celebraciones en honor de la Santísima Virgen del Amparo.

Francisco Javier Segura Márquez,

historiador

Mañana de Viernes Santo en Resolana

March 24, 2016

La mirada absorta de un niño nazareno, con el dobladillo de la capa de merino recién estrenado esa misma mañana, que se agarra a la verja del atrio de la basílica para verla emerger entre la multitud en una levantá. La lágrima discreta de un armao—reflejo plateado de la coraza, plumas blancas batiéndose al sol— que al encontrarse con ella junto al arco, tras toda la Madrugada escoltando a su

hijo, lleva en el rostro ese “ansia de estar contigo” del que escribió Alberto Fernández Bañuls. El emocionado titubeo en los labios de una mujer, vecina de la Virgen cuando de niña vivía en Escoberos, que le pide salud para verla el año que viene, mientras el manto de tisú se aleja y la banda va diluyendo, nota a nota, el eco luminoso de la Virgen. El temblor de la mano de un nazareno del último tramo que —yo lo vi, nadie me lo ha contado— agarraba con ternura una varita de su nieto, también nazareno, mientras este jugueteaba con el cirio verde de su abuelo: la más pura manera de transmitir la fe, enhebrada entre las generaciones de macarenos.

 

Rubén Jordán ha tomado prestadas todas esas emociones —temblor, titubeo, lágrima, mirada—para devolvérnoslas en forma de música con su soberbia, emocionante, sobrecogedora marcha Sé siempre nuestra Esperanza. Porque es todo esto que inexplicablemente sentimos cuando vemos a la Macarena a lo que suena esta composición desde el brillante arranque —oro repuntando sobre trompetas— hasta el conmovedor trío final. A la Virgen de la Esperanza se le ha compuesto lo mejor de la música procesional en Sevilla desde finales del siglo XIX, cuando aún la Macarena era una cofradía romántica de palio de plata y manto negro que distaba mucho de la popular y hermosa reinvención regionalista de Rodríguez Ojeda. Y

también es la imagen que más composiciones tiene dedicadas: cada año pueden llegar a la Hermandad de la Macarena decenas —no exageramos— de marchas dedicadas a la Virgen de la Esperanza. Pero, como siempre sucede, ni todo lo antiguo tiene por qué ser bueno, ni todo lo nuevo tiene por qué ser malo.

Desde la primera marcha dedicada a la Virgen de la Esperanza de la que existe constancia documental, La Macarena, compuesta en 1890 por Francois Behr, hasta Macarena de Emilio Cebrián en 1945, la Esperanza de San Gil contaba con seis marchas en su patrimonio. Es a partir de ahí cuando se inicia el imparable crecimiento musical en el archivo de la Hermandad de la Macarena, en

el que se reconocen como hitos marchas como Pasa la Virgen Macarena, de Pedro Gámez Laserna(1959), Coronación de la Macarena, de Pedro Braña (1964) o Esperanza Macarena, compuesta en 1968 por Pedro Morales —cuenta que se metió en un portal de la Campana para anotar sus compases en una libreta durante la primera Madrugada en la que acompañó a la Virgen de la Esperanza con la

antigua Soria 9. Más recientes, e igual de populares, son Macarena, de Abel Moreno (1988),Esperanza, de Manuel Marvizón (2001), Madrugá Macarena, de Pablo Ojeda (2010) o Como tú, ninguna,de David Hurtado, compuesta en 2014 para conmemorar el medio siglo de su coronación canónica.

 

Ahora llega Rubén Jordán —de quien siempre digo que, junto a David Hurtado y Cristóbal López Gándara, forman el triunvirato de la mejor música procesional sevillana del siglo XXI— para poner Sé siempre nuestra Esperanza entre estos hitos musicales con su marcha deslumbrante, portentosa,luminosa —tres adjetivos que tan bien describen a la Virgen de la Esperanza—, que está sobradamente a la altura de esas marchas con las que se identifica a la Macarena. Cuando entrevisté a Rubén Jordán en mi programa Candelería de la Cadena COPE, días después del estreno de la marcha, le pregunté si había sido muy difícil sentarse delante de una partitura en blanco para componerle a la Macarena. “El trabajo me vino dado”, recuerdo que me respondió decidido: me narró que se encontró con ella en la céntrica calle Cuna una mañana de Viernes Santo y cómo en ese momento le vinieron a la mente los compases de la marcha. Supe que me decía la verdad. Porque la Virgen de la Esperanza tiene marchas de noche y marchas de amanecida. Y esta de Rubén Jordán está, sin duda, compuesta para la mañana.

 

El Carmen de Salteras podrá tocarla a la salida de la basílica, en la medianoche, cuando los varales del palio de la Macarena tiemblan sin poder retener a esta Virgen poderosa que nunca deja de darse a los suyos. Podrá sonar en la famosa esquina de la Cruz Verde, cuando el manto gira y parece convertirse en una cascada verde y oro, o en Las Siete Puertas, donde le han cantado siempre las

mejores saetas a la Macarena, diluyéndose las notas de la partitura con las voces de quienes le cantan. Pero, siendo tan extraordinaria marcha, nunca sonaría igual que cuando la Virgen va de vuelta a su barrio, incapaz de retener la sonrisa luminosa que anuncia la gloria del tercer día.

 

Sé siempre nuestra Esperanza, sí, es una marcha de mañana. De mañana de Viernes Santo. Por eso, cuando la Virgen llegó este año al final de la Resolana camino de su casa, sonó la marcha de Rubén Jordán y todas esas emociones que describía al principio del artículo parecieron alinearse para darle sentido a lo que estábamos oyendo. No sé qué sentiría Rubén cuando la escuchó. Lo que sí sé es que todo eso es lo sentimos quienes lo vivimos, y que cada año su marcha sonará siempre nueva,

siempre por primera vez, cuando en la mañana de Viernes Santo escuchemos su trío mientras se aleja la Virgen de la Esperanza, prometiéndonos con esta música de Rubén Jordán una eternidad a su lado.

                                     Pedro Dominguez, periodista

                                                            COPE

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